Cuentos · Edición 2025

Toda la culpa
es de Cabral

Quince cuentos para leer de a uno, como quien sube a un tren que cruza la noche del altiplano: el azar disfrazado de destino, el infinito, Buenos Aires y la serpiente que se muerde la cola.

de Pablo L. Vazquez
Portada de Toda la culpa es de Cabral: un atardecer de altiplano con un tren, montañas y un cielo estrellado.

Ilustración de portada · Belen Anahi Palacios

El libro

Este libro ya existe,
porque está acá

Pasé tres años con este libro sin intentar publicarlo. Lo leyeron personas de mi confianza y lo corregí de forma obsesiva. Después de años de terapia me animé a enviarlo por primera vez a una editorial, Fiesta, una editorial muy linda, y con toda amabilidad me lo rechazaron.

Ahí entendí que lo que quería no era que me publicaran: era dejar que el libro existiera. Decir que un libro existe solo porque lo publica una editorial me parece, ahora, un poco tonto. Sentí que ya asomaba una excusa nueva y, antes de que terminara de formarse, armé esta página para ganarle de mano. La hice para que puedas leer mi libro. No busco ser un autor reconocido, no busco vivir de la literatura.

«No creo en aquel poeta que no viva su vida poéticamente.»

Declaración de principios
El tren de los cuentos

Elegí un vagón y subí

Cada vagón es un cuento. Tocá uno para ver de qué trata y cuánto dura el viaje. Arrastrá para recorrer el tren y mirá cómo el paisaje se va quedando atrás →

El autor

Pablo L. Vazquez

Uroboros: la serpiente que se muerde la cola

Soy argentino y me gusta escribir, pero no tengo ninguna aspiración literaria. Este libro nació de algo que me dijo un profesor de la universidad, alguien que, podríamos decir, alcanzó cierta fama literaria: demoler las estatuas enormes de los autores que consolidaron mi amor por la literatura y, en el proceso, hacer mucho polvo. Creo que este libro es lo que encontré entre los escombros.

Si llegaste a él por casualidad, no esperes más que el primer libro de alguien con ganas y tiempo de escribir. Gran parte lo escribí en la Toscana. Un italiano enorme, Massimiliano Daniele Calatroni (para mí y para toda Pavía, «il cala»), un tipo de una sensibilidad increíble, me dio el nombre del libro en una discusión casi absurda, en la mesa de una casa medieval.